Blog - Pijamada

 

El día que llegué a la conclusión de que la etapa de festejar los cumples en salones había terminado, respiré aliviada.. Claro, nunca imaginé que lo que vendría sería bastante más barato, pero muchísimo más cansador.

 Supuse que habiendo superado a los barneys, princesas, magos, bob esponjas, peloteros y juegos de láser, lo que seguía sería una especie de merienda tranquila en casa, algo así como un "té de señoritas"... ¡Ilusa de mí!

La primera vez que escuché de boca de ellas la palabra "pijamada" algo me hizo ruido, nada comparado al que harían después, hasta altas horas de la madrugada, riendo y charlando en volúmenes muchísimo más elevados que los que el oído humano está preparado para soportar.

Sin embargo, debo reconocer que las primeras fueron las peores... Sí, sin dudarlo. Aquellas en que abría un ojo a las tres de la mañana y me encontraba a un par de niñas mirándome fijo y llorando, rogándome que las llevara con su mamá.

En aquellas ocasiones me invadía una tremenda empatía, me ponía en las chinelas de aquellas pobres madres recibiendo una llamada a esas horas. Entonces, recurría a la psicóloga que todas llevamos dentro e intentaba consolarlas, aunque significara un insomnio asegurado.

Ahora, en cambio, creo que muchas de estas niñas apenas  recuerdan que hay un hogar esperándolas. Se sienten tan cómodas, tan a gusto, que cerca del mediodía del día siguiente empiezo a sospechar que nadie vendrá a buscarlas...

La peor parte viene cuando por fin se van y me encuentro con la casa en un estado lamentable, justamente un domingo, en que no tengo ganas ni de enchufar la aspiradora.

Papeles de caramelos, una media olvidada, un cargador de celular debajo del sillón... las cosas más variadas comienzan a aparecer mientras una intenta restablecer el orden y maldice en silencio... No a la hija, que se la quiere y mucho. No a las amigas, que también. Maldice al inventor de las "pijamadas". Maldice a quien haya pensado que cobijar a tantos niños juntos, durante una noche entera, es una buena idea.

Imaginen cuánto las detesto que, más de una vez, me encontré añorando casi al borde de las lágrimas esos saloncitos infantiles donde nos cobraban absolutamente todo, hasta el aire que respirábamos. Por suerte hasta la proxima siempre hay tiempo para recuperarnos.

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